(si es que alguna vez lo fuimos)

El agitado nocturno me ha vestido con una sonrisa de rigor mortis, afortunadamente ya me he desnudado y la he dejado tirada encima del sillón. La decepción se ha anclado un sábado en el suelo de mi cuarto, y nada más levantarme ha empezado con las caricias a los pies. Y todo el mundo sabe que hay demasiados nervios en los pies como para que te quedes indiferente. Y me encuentro con el tipo que habla sobre sonrisas en los rocanroles y me empieza a cantar «cuando fuimos los mejores» como si todo el mundo fuera ajeno o estuviera metido de lleno (todavía no lo he decidido) a las juventudes suicidadas en esquinas, a los amores de taberna y a que los bares molaban más cuando se podía fumar en ellos. Y me ha empezado a vestir con manos maltrechas, toqueteando suavemente, subiéndome el vestido color azul nostalgia, como el vestido que usó Ilsa en su último encuentro con Rick en París. Las costuras eran demasiado finas y la gasa muy ligera como para que pudiera evitar que no sintiera frío, pero supongo que eso daba igual porque el glacial venía de mis adentros. Y he recordado el momento en que me di cuenta de que Michael J. Fox ya no volvería a usar nike blancas ni a bailar sobre un camión transformado en hombre lobo. Y en que, igual que Holden Caulfield, yo tampoco sé a dónde van los patos de Central Park y si volverán alguna vez, como todas las personas que se han ido de mi vida. Me metí en la ducha pensando en todo esto y deseé muy fuerte deshacerme y caer por el desagüe, pero no ha ocurrido. Y pensé en que si alguien pudiera decirme si los patos van a volver, yo me negaría a saberlo.

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