A Laura le gustaría vivir en las canciones de los ochenta, poder cambiar su apariencia por cada pista de la gramola. Empezaría el día levantándose con el maquillaje corrido porque adora mirarse al espejo y tener pruebas de haber vivido el día anterior, y que vivió lo suficiente como para no pensar en desmaquillarse, ni en su edad y en que dejó la puerta abierta y una pareja de pesadillas se coló clandestinamente y follaron por toda su mente, sin pedir permiso ni colgar el cartel de no molestar. Laura se quedaría mirando el techo mientras se reafirma en que no está dispuesta a morir ese día. Se revolvería en las sábanas recogiendo sus pedazos. Tomaría café y bailaría por toda la cocina y desearía que su vecino hiciera lo mismo, que él también haría el tonto mientras rebusca en el cajón de la cubertería y él pensaría en ella y así sucesivamente en bucle hasta que se acabase la canción.
Se pondría un vestido de lunares, se maquillaría como una francesa y de repente hablaría francés fluido e iría a una librería y el librero, subido a unas escaleras rebuscando entre el polvo, le diría que lo trágico es magnético y que tuviera cuidado. Saldría de la librería con un vestido verde y pasearía por decenas de puentes y volvería a nacer una y otra vez porque a través de los puentes todo vuelve a ser nuevo y reluciente. Y se quedaría sentada sobre la acera, sosteniéndose la cabeza con las manos mientras mira al saxofonista que toca bajo el puente y que tiene el corazón desgarrado y las venas hartas de droga. Y es que ese hombre sentía mucho y ella quería verle. De repente sería de noche y Laura vestiría de blanco y negro en un Madrid de neón. Se emborracharía en una taberna con un grupo de personajes a los que confiaría su vida sin saber siquiera sus nombres y entonces aquel ambiente estallaría y las botellas chocarían contra las cabezas y los insultos volarían en el aire y las camisetas se romperían. Laura se subiría a la tarima y empezaría a cantar muy fuerte dejando constancia que todo aquel amasijo de presiones desatadas le importaba una gran mierda. Y le seguiría sin importar cómo, de forma fugaz, en mitad de una ciudad donde se pierde la inocencia en alguna esquina, donde mendigos cuentan sus viajes a Buenos Aires y en donde algún enamorado vacía -y vicia- la luna porque su pareja se lo ha pedido, ella se estaría besando con una voz ronca, unas manos amoratadas y una barba de cuarenta y tres días. Y entonces sabría que aún arde Madrid, como la canción de los ochenta.