En la esquina de esta servilleta voy a escribir sobre las esquinas. Sobre las veces que nos hemos dormido en una y las otras tantas que hemos querido hacerlo. Sobre los ojos tristes y la falda de vuelo que se apoyaba en ella una mañana nublada en el barrio de Malasaña. Y sobre el tipo borracho que escribió sobre esa chica. Escribo sobre la prenda que cayó desde el segundo piso al suelo y que la esquina vio como los vecinos recogían o simplemente se pudría y acababa desecha en algún contenedor. Sobre la persona que se bajaba del autobús y se quedaba frente a ella, rebuscando en su cabeza el norte o la dirección a casa de sus colegas, a celebrar que por fin le habían echado de ese trabajo de mierda. Sobre el mendigo que la convirtió en una propiedad, en una fuerza de apoyo, en algo más que un par de paredes unidas. Sobre todas esas personas que la ignoraban y la ignoran, y no sabrían decirte de qué color es; y sobre el color desgastado, que se ha ido llevando poco a poco el sol y las humedades, sin pedirle permiso ni nada. Escribo sobre todas las juventudes suicidadas en las esquinas, a las dos de la madrugada, en Plaça Reial, yendo de la mano de una minifalda y un profiláctico de una vida tan efímera como su inexploración, ya desterrada. Y escribo sobre esta servilleta, y sobre quién la leerá; si es que alguien la lee alguna vez. Y que la cogerá por la esquina para poder leerla y luego entre quejidos apartará los dedos porque al tocarla ha corrido la tinta del bolígrafo azul. Y luego se la guardará en el bolsillo del pantalón y acabará tirada frente a una esquina, junto a la prenda mal tendida.
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