(ginebra)

Te apetece verlo todo como un gin-tonic, incólume, inmaculado, pero a su vez adulterado, corrompido, viciado. Como las finas líneas de la barra de bar de madera de roble, el reluciente acero inoxidable del dispensador de cerveza y el elegante blanco de la camisa del camarero existiendo junto y por, las manchas de agua del vaso de ese trago que no debiste beber y burbujea por tus tripas, chocando los cinco con el ácido clorhídrico, que te incitará a llamar a esa chica que crees que has olvidado; las marcas de dedos en la barra, que pronto acariciarán tu espalda y la arañarán, y las manchas de alcohol en tu traje, porque además de algo más impulsivo, también te habrás vuelto algo más torpe. 
Te sientes vivo de una forma líquida y fría, fresca. Como apoyar los pies en un sillón y verte los zapatos lustrados, brillantes, haciéndose dueños de ese territorio mullido que aplastan. Como esa estampa de tipo apoyado en el balcón de un rascacielos, mirando cualquier cosa que no sea el amanecer, sabiendo que todo el mundo le observa pero no pierde la compostura porque le da igual. 
Tu capacidad de reacción se habrá disipado, y una gran bocanada de oxígeno calmará el chute de adrenalina que ha provocado tu capó accidentalmente ileso.
Y te irás a la cama sin sentir tu edad, estando casi seguro de que has hecho todo lo necesario para levantarte al día siguiente con dolor de cabeza y una lista de errores que amarra igual que tu mejor corbata de seda. Y se te habrá olvidado arrepentirte, porque le pones ímpetu y valentía a la vida, como la proporción perfecta de ginebra a la tónica.

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