Fue uno de los días más especiales de mi vida sin haberlo querido. Sin ni siquiera recordar qué hice durante todas las horas de puede un miércoles o un sábado. Pero qué importa.
Fue un día frío con mucho viento, tal vez fue en un Agosto ya antiguo o en un Febrero parecido a este, o a lo mejor lo recuerdo así por pasarme aquel instante sobrecogida, agarrándome a los brazos.
Estaba con ella, sigo recordando el brillo de sus rizos. Estábamos en el puerto, el mar estaba cabreado y las nubes querían desmaquillarse. Solo se veía el efecto del Sol a trozos, viendo lo maravillosas que debían sentirse esas losas de piedra calentándose en medio de tanto plomizo y sombrío gris. Si te soy sincera yo no notaba nada de eso. El mundo se había parado para mí. Estábamos sentadas en un banco de madera justo enfrente del mar, pasado el puente levadizo. Y dejé de oír las voces de fondo porque me estaba deshaciendo allí mismo.
Y sonó. Al otro lado del puerto empezó a cantar un saxofón. Imaginé a un hombre con pantalones de traje de talle alto, corbata ancha y chaquetón, con una boina verde oscura, poniendo una pierna sobre una caja de cartón y deslomándose los pulmones. Cerré los ojos y me recordé bailando esa canción con mi padre cuando era pequeña, y colocaba mis pies sobre sus zapatos y me llevaba por todo el salón.
Es Strangers in the night de Sinatra, dije. Ella se rió de que supiera algo así. Ni siquiera sé si le prestaba atención. Comenzó a hablarme de algo pero a esas alturas ya estaba despojada de todo foco en lo exterior. Pensaba en lo especial que era vivir precisamente así, con una canción de fondo que no había elegido, rompiendo poco a poco las vértebras que me sujetaban a cualesquiera que fueran nuestras intenciones.
Y ahora la escucho, y siento otra vez esas vértebras rompiéndose por la ironía de que como bien decía Frank, ahora solo somos dos personas solitarias en la noche, extrañas.
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