Sí, está existiendo la palabra hogareño en un callejón de un barrio suburbano, oscuro y húmedo. O a lo mejor es su habitación y yo estoy de pie, muy muy quieta mirándole. Mirándole en blanco y negro porque me lo ha pedido.
Es precioso.
Tiene los brazos apoyados sobre las rodillas, se le marcan las clavículas. Deseo dormir en ese pequeño hueco. Las sombras le cincelan y la ambivalencia me pica a las sienes. Quiero tocarle pero va a romperse. Quiero tocarle, pero no desteñirle. Quiero tocarle, pero no matar esa calma que irradia. Me ha arrancado las cuerdas vocales, y me hace temblar saber que hay silencio en el aire pero no lo alcanzo. Hay un concierto de deseos en mí, y quiero dedicárselo.
Pero no sé si mira al suelo o tiene los ojos cerrados, así que me quedaré muy quieta, le miraré en blanco y negro y soportaré el estruendo.
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